viernes 19 de agosto de 2011

ALINA : el comienzo de una nueva historia; la denuncia de una gran perdida de patrimonio arquitectónico

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El mudarme a España fue una experiencia de lo más traumática, no sólo por ver a mi familia amputada durante meses, con un padre que, para mantenernos a todos, tuvo que viajar a lugares que se me antojaron exóticos, irreales, de cuento de hadas, como Nueva Delhi, Kathmandu o allá en Lhasa, el Tibet; dejando a una mujer joven con dos criaturas atrás, viviendo en un país que no habíamos pisado más que en vacaciones y que nos era, aunque no del todo ajeno, sí bastante desconocido.

Tras tantos años de vivir en este maravilloso país, de saber que no cambiaría mi destino por nada en el mundo, que volvería a pasar por tantas experiencias (las buenas y las no tan buenas), siento la necesidad de compartir parte de mi historia.
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Cuando mis padres me dijeron que era hora de empacar mis pocas pertenencias para marcharme a un país cuya lengua conocía vagamente de palabras dulces y cuentos de hadas contados por mi abuela, se me cayó el mundo a los pies. Aquel invierno había culminado en un frío que no sólo era causante de temperaturas bajo cero, con sus copiosas nieves y heladas que no daban tregua a ser viviente, sino también en el frío que se había instalado en los corazones de los padres de mis amigas, tras sufrir el látigo del fin de la guerra y la caída de un dictador que había manchado incontables almas inocentes sin que nadie pudiese frenar tanta locura en mucho tiempo.

Muchos fueron los padres que, al igual que los míos, resistieron bajo una máscara que se vistieron por miedo a represalias de ser y pensar diferentes. Pero el fin del terror no había traído sino más pobreza y pesar sobre las familias y muchas decidimos que para sobrevivir, había que marcharse.
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Yo era hija de inmigrantes españoles que había decidido probar suerte y hacer fortuna en los países de mejor economía en Europa, y así dejar atrás la pobreza en la que tantas generaciones habían malvivido.

Mi abuela solía contarme historias sobre el calor y el sol de su querida patria, de los juegos a orillas del Mediterráneo, de la flor del naranjo y su olor dulzón, de teces tostadas bajo un cielo que por lo general siempre brillaba en tonalidades de azul.
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Había llegado el momento de volver a las tierras de mis ancestros y comprobar sus maravillas por mí misma. Hacía mucho que no pisaba aquellos adoquines tan característicos de ese país. Sabía siempre en qué país estaba por las características de su suelo. En anteriores épocas de despreocupación infantil, no sabía interpretar las letras por tanto no sabía si me había apeado en la estación de Köln, o en París, o en Valencia, tierra natal de mis abuelos maternos. Pero sí lo distinguía por el adoquinado. Cuando vi una vez más aquellas piedras toscas, combinando el verde con el rojo bajo mis sandalias rosas, supe que había cruzado la frontera francesa y que pisaba, siente años después de mi última visita, la patria de mis abuelos. 

La estación del norte de la ciudad valenciana bullía en frenesí. Abrazos y besos pasaban de boca en boca y lágrimas de alivio recorrían los rostros de jóvenes y ancianos. Agarrando mi maleta en la que guardaba los últimos tesoros de un pasado que quedó kilómetros atrás en el espacio y el tiempo, caminé tras los pasos inseguros de mi madre quien llevaba sobre el brazo a mi hermano pequeño, Frederik. Mi padre no pudo viajar con nosotros; el dinero era insuficiente así que nos envió a nosotros con la promesa de seguirnos en cuanto reuniese lo suficiente. Además, le había surgido la oportunidad de embarcarse en un nuevo negocio: la promesa de un futuro mejor, comerciando con oriente. Pero entonces yo desconocía casi todo lo que envolvía la profesión y asuntos de mi padre, y para los acontecimientos posteriores tampoco tuvo más relevancia que el mantenernos separados lo que me pareció una eternidad.

Brígida, mi madre, arrastraba tras de si un saco en el que transportaba lo poco que pudo traer consigo y que la guerra no consiguió arrebatarnos. El gentío no nos daba tregua y continuamos entre empujones, avanzando con paso lento e inseguro, hasta el gran reloj que coronaba la bóveda de hierro y cristal. No recordaba haber visto nada parecido hasta que una voz familiar dijo a mi lado: "Cuando veas la nueva estación de Barcelona, ésta te parecerá un amasijo de hierros mal formados". 
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Miré directa al rostro de mi abuelo quien me sonreía abiertamente. Me abalancé sobre su cuello para hundir, cuerpo y alma, en el blanco cuello del anciano. "Bienvenida a casa" ...

PPPPssssSSTTTttt, voy a compartir un secreto con vosotros. Es una historia de fantasmas, de experiencias extrañas y oscuras. Quiero contaros esta historia, aunque en realidad, no está preparada para ser contada. 

Pero bien, aquí tenéis un pequeño avance de lo que será un relato de cosas, hhmm, digamos "extrañas". 

Lejos de la historia que algún día os contaré y que lleva años rondandome la cabeza, os quiero mostrar algunas imágenes de un lugar que me es muy especial y que inspiró esta historia, la historia de Alina y de su viaje hasta Valencia y de allí hacia un pequeño pueblo costero de Tarragona, donde viviría (o vivirá, porque todavía no está contada esta historia). Se trata de la casa Cal Pla, sita en Cunit, en la carretera entre el pueblo y las urbanizaciones Los Jardines y Los Rosales, cerca de la autopista Pau Casals. Esta magnífica casa se puede ver a varios km de distancia y es toda una fiesta para la vista.

Cal Pla tiene un encanto especial, un aura de misterio, de romanticismo, de algo negro y oscuro que me recuerda a las novelas de Carlos Ruiz Zafón, es mi mansión "Marina" particular, un tesoro que espero se logre conservar a pesar de la situación por la que está pasando esta masía. Cal Pla está abandonada, maltratada, olvidada.
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Esta casa modernista, supuestamente patrimonio arquitectónico municipal a proteger, se encuentra en un estado lamentable. A pesar de que la naturaleza ha acabado cubriendo cada centímetro de acceso a la propiedad, todavía se puede llegar a ella. Lo primero que te encuentras es la inmensa avenida rodeada de árboles y al final su imponente casa: un recinto que entre casa y jardines, tiene más de 40mil metros cuadrados. 

Con el abandono y los actos vandálicos, Cal Pla ha sufrido a lo largo de los años un deterioro notable que me parte el corazón: grafitis, ventanas arrancadas, muros derribados ... Incluso su jardín, diseñado por el arquitecto paisajista Jean Claude Nicolas Forestier (paisajista de Montjuic en la Expo Universal de Barcelona en 1929), no se salva de los destrozos.

Fotografías como el interior de la masía, con habitaciones llenas de basura, fuegos improvisados en el suelo, barandillas totalmente arrancadas y desaparecidas de una escalera caracol que debía ser el orgullo de cualquier arquitecto, son lo que me llenan de cólera, de dolor. Estoy enfadada con aquellos que han hecho esto y con aquellos que lo han permitido. 

Actualmente Cal Pla está total y absolutamente en ruinas. No sé cómo se sigue manteniendo en pie, sufriendo lo que está sufriendo. Desde aquí mi denuncia de algo que me parece inaceptable. Soy una amante de Cunit, adoro el pueblo que me acogió hace ya 11 años. Me enamoré de esta casa desde la primera vez que posé los ojos sobre ella y todavía veo esa luz fantasmal azul, cuando es noche cerrada, en lo alto de su torre. Me inspira historias, me inspira nostalgia. Ojalá nunca se pierda. Pero tal como están las cosas, es su final más seguro.

Únete a mi denuncia y al igual que yo, escríbe un e-mail al Instituto del Patrimonio Cultural de España para poner fin a este maltrato de nuestro patrimonio. ¡Hagamos algo por preservar nuestra cultura! ¡Salvemos juntos Cal Pla!























3 comentarios:

  1. NOS HAS DEJADO CON LA MIEL EN LOS LABIOS NO SEAS MALVADA... RECUERDO QUE HACE TIEMPO YA LEI ALGUN TROZO DE ESTA HISTORIA QUE ESTA POR LLEGAR, SUPONGO QUE YA ENTONCES FUI UNA PRIVILEGIADA ¿NO? ESPERAMOS CON ANSIA LA CONTINUACION NO TE HAGAS DE ROGAR... BESOS

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  2. Bienve, pero ¿¡cómo nos dejas así!? Este inicio es buenísimo... Tengo ganas de leer más, así que sin estresarse, pero cuando puedas, tienes que continuar escribiéndola.
    Me ha encantado la presentación de los personajes y los nombres de ellos... ¡Genial! Yo sólo tengo una pregunta: ¿hay algo que no se te de bien, pequeña? ¡Eres demasiaó!
    Muchos besos,
    Silvia

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  3. Vero!!! jejeje, sí, ya había colgado algo de esta historia hace tiempo, pero no la he podido continuar. Es justamente de agosto 2009, a raiz de mi visita a Cal Pla que se me ocurrió y querría tener tiempo para continuarla. Pero ya me conoces: con tantos proyectos no doy abasto :P Pero algún día la continuaré. Seguro!!! jejeje

    Silvia: eres un solete. jejeje. Sí, lo sé, no es justo dejaros así, pero de verdad que no tengo nada más escrito. Esto es todo (de momento). Aunque tengo otra historia (El Rey del Silencio) que sé que te encantará. A ver si la puedo colgar. Tengo que buscar un servidor donde subir el PDF, porque es bastante larga (una historia corta de unas 20 páginas o así). Y en cuanto a "Alina", me encantaría seguirla pero ando tan liada que ahí está, desde el 2009. Pero no me abandona, sabes? De vez en cuando, sobre todo cuando miro las fotos de Cal Pla, me acuerdo de Alina y de su historia por contar...

    Un beso a las dos, mis niñas bonitas :)

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