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Me complace enormemente compartir este cuento con todos/as vosotros/as. Es un cuento que ha nacido a partir de 10 preciosas palabras que diez personas han querido aportar. Éste es el resultado. Gracias por vuestra aportación!
Me complace enormemente compartir este cuento con todos/as vosotros/as. Es un cuento que ha nacido a partir de 10 preciosas palabras que diez personas han querido aportar. Éste es el resultado. Gracias por vuestra aportación!
Erase una vez, en un país tan lejano, que hasta a los RELOJES al llegar hasta allí, se les acababa la cuerda o las pilas y dejaban de hacer su tic tac, tic tac. Era tan distante ese país, que el AMOR y la ESPERANZA se habían quedado por el camino. Ese país tan tremendamente retirado era el País Caballeropocho, pasadas las Montañas Crecientes, más allá de la Ciénaga Pestilente, a la izquierda del Matorral Espinoso Picante.
En ese país tan lejanísimo, donde ni el mismísimo sabio Sernández se atrevió en muchísimos años a poner un solo pie (ni tan siquiera una uñita), allí donde la Tierra parece acabarse y perderse entre brumas, habitaba un solitario caballero llamado Dharma.
Este caballero se retiró a aquél lugar fundando el País Caballeropocho, tras una durísima batalla interior: después de librar cientos de miles de millones de guerras, perdió por el camino el amor por su oficio de caballero y la esperanza de volver a sentir auténtica ILUSIÓN por batallas sangrientas.
Como ya os dije, ni el más sabio entre los sabios, Sernández, se atrevió jamás acercarse a tan triste lugar. Pero Sernández no sería el gurú de los sabios más sabios, si no se enfrentase a los retos más difíciles que la vida le pusiera en el camino. Así que un buen día decidió que no había camino más largo que el que su mente quisiera imponerle y sabiendo que los retos están para superarse, decidió ponerse en camino y preguntarle al caballero Dharma, si podía echarle una mano con ese pesar tan hondo que se había instalado en su corazón.
Cuando tras muchos días y muchas noches llegó ante las puertas del castillo del País Caballeropocho, sólo le recibió el cartel de la puerta, que decía lo siguiente: "Bienvenido (o no, eso ya lo veremos) al País Caballeropocho. Por favor, no de de comer al perro. Gracias!"
Así que Sernández entró y guardó el último trocito de tocino que se había reservado para el guardián de la puerta, por si le podía dar uso en otra ocasión.
- ¿Quién osa llegar hasta aquí para molestarme en mi tristeza? - preguntó la voz atronadora de Dharma.
- Soy Sernández, el más sabio entre los sabios, y he ATRAVESSIADO las Montañas Crecientes. He ido más allá de la Ciénaga Pestilente (donde tuve que dejar atrás mi último par de calcetines, porque no veas cómo apestaban), y he girado a la izquierda del Matorral Espinoso Picante, sólo para venir y presentarme ante ti y saber un poco más sobre esa gran tristeza que te tiene tan pochado.
- Al fin alguien a quien contar mis penas. - dijo Dharma - El perro se hace ya el sordo y no quiere escuchar más lamentos míos. Pues fíjese usted, doctor sabio que ...
Y así se lanzó Dharma a explicarle al sabio Sernández que un buen día, tras otra cruenta batalla ganada en terreno enemigo, perdió toda gana e ilusión de seguir batalla ganada en terreno enemigo, perdió toda gana e ilusión de seguir batallando. En un monólogo que duró casi siete días y siete noches, le explicó con todo lujo de detalles cómo sus ánimos se fueron apagando y como decidió retirase del mundo y regodearse en la autocompasión. Suerte que en los cuentos buenos de verdad e historias fascinantes como esta, los personajes no tienen necesidades primarias como echarse una siesta, parar de hablar para coger aire, comer o salir corriendo al lavabo. Sernández, como ya era un poquito más mayor, cuando sentía hambre, chupaba de vez en cuando el trocito de tocino que se había guardado, que era lo único por lo que sentía necesidad: eso (los trocitos de tocino, quiero decir) y el resolver grandes enigmas, claro.
Pues bien, cuando el caballero Dharma hubo acabado de explicar todos los pormenores de su desdichada existencia, el sabio Sernández le dijo: Señor Dharma del País Caballeropocho, como yo ya dijera en una ocasión, cada decisión que tomamos, cada actividad que desarrollamos, cada pequeño gesto, lo hacemos movidos por el amor o por el miedo. Y vos, señor, lo habéis hecho por miedo. -
- ¿Cómo osas, viejo enclenque, llamarme miedica? - grito enfurecido el caballero. - Yo no le temo a nada y a nadie.
- Y sin embargo - continuó el sabio - vos habéis vislumbrado vuestro auténtico destino en el momento menos esperado de vuestra carrera profesional como caballero, y habéis salido por patas. Vos, Dharma, Señor de Caballeropocho, os disteis cuenta, sin ser del todo consciente de ello, que valéis mucho más que como ensartador de enemigos bajo las órdenes de otros. Vos podéis hacer algo que otros no se atreven ni a soñar. Os disteis cuenta de que pelear y matar no era lo que realmente queríais hacer, a lo que os queríais dedicar. Seguisteis el camino que otros os dijeron que debíais recorrer. Pero vos tuvisteis un momento de lucidez pasajera. Eso sí, luego os entró el pánico y salisteis corriendo. -
- ¿Corriendo yo? ¿Huyendo de qué? -
- De aquello INEFABLE que no os habéis atrevido siquiera mentar: vuestro auténtico destino. -
Y así Sernández el sabio le explicó a Dharma el caballero, que lo que le había ocurrido no era que le había entrado un miedo repentino a las batallas, sino que la batalla más difícil que debía librar era contra sí mismo: la comodidad de luchar por y para otro, en vez de para uno mismo.
Así que Sernández mandó al caballero a desempolvar su armadura y salir en busca de ese destino al que demasiado tiempo había hecho esperar.
Por arte de MAGIA, de repente hasta los relojes volvieron a cobrar vida y a marcar los segundos, minutos y horas. Y aunque el caballero sintiera un poco de miedo (sin reconocerlo ante nadie, por supuesto), también estaba ansioso por comenzar la búsqueda de su destino. Y llamando a su fiel perro (que llegó muchos años atrás y decidió instalarse en el castillo) se pusieron en marcha a recorrer el mundo. Mientras tanto, el sabio Sernández se quedó a vigilar el castillo y dedicó muchos días y muchas noches a escribir libros realmente interesantes y llenos de buenos consejos. Pasaron los meses y el caballero ya había recorrido decenas de cientos de miles de pueblos y ciudades, y poco a poco fue cobrando popularidad ya que allá por donde pasaba, ayudaba a la gente que más lo necesitaba; unas veces con un buen consejo, otras echando una mano y tantas otras simplemente prestando una oreja a lamentos y críticas sin mala intención. Pocas veces tuvo que recurrir a la fuerza bruta y cuando lo hacía era sólo para defender al débil e impartir justicia a mamporrazo limpio. Además se hizo un experto en romper hechizos y encantamientos, haciéndose notorio entre brujas y magos quienes le regalaban cosas tan exóticas como botellas con PURPURINA y BURBUJITAS mágicas.
Tras muchos caminos que recorrer, decidió volver a su castillo y contarle al anciano sabio sus aventuras. Incluso quería traerle esos regalos mágicos pero justo en el momento de reencontrase con el gurú de la sabiduría, las botellas con purpurina y burbujitas se le derramaron sobre su fiel acompañante, el perro.
Y cuál fue la sorpresa para todos cuando el perro se convirtió en una linda muchachita que decía llamarse princesa NOBARA y que fue hechizada de NIÑA por una bruja cruel.
Desde que supo, tantísimos años atrás, que el caballero más valeroso se había establecido en el país más lejano y desconocido, decidió ir en su busca y pedirle ayuda. Pero estaba claro que Dharma no estaba como para ayudar a nadie. Así que resolvió quedarse y esperar a que el caballero se acordase de lo que era la valentía de verdad y reconocer su aunténtico destino: ayudar a los demás. Y mientras esperaba ese día, la que fuera niña, había crecido hasta convertirse en una joven muy hermosa.
Entre muchas conversaciones románticas (en las que el sabio Sernández se aburrió un poquito, todo sea dicho), se confesaron, princesa y caballero, un amor profundo, decidiendo casarse inmediatamente.
Y así el País Caballeropocho dejó de denominarse como tal para recibir el nuevo nombre de Destinodichoso, al que poco después llegaron muchos visitantes en busca de consejos realmente buenos.
Nobara y Dharma vivieron felices muchos años más y Sernández, ¡ai el anciano Sernández! A él no había quién le atase porque siempre había alguien a lo largo y ancho del mundo, necesitado de ese pequeño empujoncito para atreverse a hacer sus sueños realidad. Así que se marchó a seguir su camino, con la promesa de volver de vez en cuando a visitar a sus viejos y queridos amigos.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.


















QUE IMAGINACION!!! ME HA ENCANTADO. TU SI QUE ERES UNA SABIA SERNANDEZ!! GRACIAS POR TODOS TUS ESFUERZOS POR HACERNOS FELICES SIN DUDA LO LOGRAS CADA DIA. BESOS
ResponderSuprimir¡Qué grande el relato, Cinderella! Me ha gustado mucho. Mucho es poco. Me ha encantado y además me ha recordado cosas que a veces no quiero ver... Es que en el fondo, todos somos un poco caballero Dharma y un poco sabio Sernandez, ¿no crees? Porque como bien dices en el relato: "La batalla más difícil que debía librar era contra sí mismo: la comodidad de luchar por y para otro, en vez de para uno mismo." Gracias guapísima. Besos
ResponderSuprimirOoohhh!! mis niñas :) Que me sacáis el carmesí de las mejillas! jijiji. Gracias por leerlo y por dejar vuestro comentario :)
ResponderSuprimirSabia sabia, no soy. jiji, me falta muchísimo para llegar a eso, si alguna vez se alcanza, jejeje. Pero me encanta zambullirme en lecturas que dejan colgadas en mi cabecita cosas tan importantes como que uno debe luchar por sus sueños y que sólo hay que proponérselo, plantearse el cambio e intentarlo. No, intentarlo no, hacerlo! A veces nos apalancamos demasiado. Apalancarse está bien, incluso es sano. De vez en cuando está bien dejarse llevar por la corriente. Pero también hay que crear un cambio, para poder seguir avanzando y creciendo. Y todo eso lo inspiran libros tan geniales como "Vivir sin miedo" y hasta lecturas de economía, como "El código del dinero". :P Vero, ya te dije que parece que me lleve comisión y todo, pero es que es verdad: nos hacen falta más lecturas de coachers buenos de verdad, que leer tanto noticiario sobre la crisis. Hablar de ello hasta la saciedad no remediará nada. El cambio depende de cada uno de nosotros. Cada uno debe empezar a vivir sus sueños!
Y sí, Silvia! Hay un Dharma en todos nosotros, sólo tenemos que encontrarlo. Yo creo que si eso lo tenemos claro (lo de luchar por uno mismo), estamos muy cerca, a tan sólo un paso, de hacer realidad nuestros sueños. Y tú, por cierto, ya estás muchísimo más cerca, con tus relatos, con tus "colores" y con tu positivismo. Permíteme decirte que tú y tus "Colores Olvidados" fuisteis los precursores de un cambio en mi mentalidad. Sí, sí, cambié el chip a raíz de tu libro y eso me permitió seguir investigando sobre el terreno del positivismo y del buenrollismo :) Y me está haciendo efecto, buen efecto. Buen rollito al poder!!!
Un besazo mis niñas!!! :)